Hasta que nos sorprendió aquel ente,
esa figura impía que jamás debió hurgar
en el instante exacto donde la carne y el vértigo
eran una sola ráfaga húmeda,
a punto de estallar en estambre sideral,
sobre tu boca punitiva,
absorbedora de culpas blancas
y memorias licuadas de placer.
Nos halló allí, entre jadeos y himnos,
interrumpiendo lo inefable,
como si el cosmos quisiera castigar el éxtasis
por ser demasiado humano.
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