El vampiro llevaba siglos buscándola.
Había atravesado ciudades, generaciones y noches interminables sin encontrar siquiera una sombra de aquella mujer que amó cuando todavía pertenecía al mundo de los vivos.
Pero el tiempo no había logrado arrancarla de su memoria.
Y cada vez que la noche se volvía demasiado silenciosa, repetía aquellas palabras que alguna vez fueron suyas:
Tus ojos, estrellas bañadas en sacra tinta,
estridente y endeble anhelo de tibieza perturbadora.
Suspiro extenso y delirante,
sensual y fulgurante,
afán embrujador de sortilegio adormecedor.
Hechízame
en la sepultura perpetua
de tus afables ojos.

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